Cazalla de la Sierra, Villa y Corte con Felipe V

Extracto de José María Martín Cornello. revista de Cazalla 1976

Felipe V era, a su llegada a España, un príncipe reflexivo, serio, religioso, sin otras distracciones que las muy honestas del mallo, la raqueta, la caza y la lectura. Fue un rey que pudo mostrarse satisfecho de la fecunda labor realizada en su largo reinado y orgulloso de haber sacado a España de la extrema postración en que la encontró: pobre y decaída. Felipe V, con la inestimable colaboración de sus dos inteligentes esposas, María Luisa de Saboya, primero, e Isabel de Farnesio, después, y la de sus secretarios de despacho (ministros) Orry, Alberoni, extranjeros; luego los españoles Patiño y Campillo, entre otros, realizó las mejoras necesarias para sanear la hacienda pública, renacer la agricultura, restablecer la industria, revivir el comercio, rehacer el Ejército, recrear una potente Armada, fomentar las letras y las artes… Sin embargo, Felipe V padecía de una perniciosa melancolía, que le llevó a abdicar una vez e intentarlo varias veces más.

La terrible hipocondría se le fue acentuando con los años y la enfermedad se agravó en 1728; nadie sacaba al rey de su retraimiento e indiferencia. En enero de 1729, la Corte de Madrid se desplazó a Badajoz a fin de celebrar el doble matrimonio de don Fernando, príncipe de Asturias, con la infanta portuguesa doña Bárbara, y de la infanta María Ana Victoria con el príncipe del Brasil, heredero de Portugal.
Después de la ceremonia, la reina Isabel de Farnesio, de acuerdo con su leal ministro Patiño, dispuso que la Corte marchara de Badajoz a Cádiz, bajo el pretexto de ver la llegada de la flota de Indias y asistir a la botadura del navío «Hércules», de setenta cañones y primero que se construyera en el astillero de Puntales, creación acertada de Patiño, pero, en realidad, la finalidad del viaje era distraer al rey de sus preocupaciones y hacerle desistir de sus propósitos de abdicar y retirarse a La Granja. Así, pues, fiel a este propósito, la Corte pasó en Andalucía desde 1729 hasta 1733, haciendo jornadas en diversos lugares para proporcionar al rey solaz y recreo, sin renunciar por ello a la dirección de la política del país. De la que fueron árbitros por entonces la reina y Patiño, que negociaron, entre otros, el tratado de Sevilla. En esta ciudad nació en noviembre de 1729 la infanta María Antonia Fernanda y en Sevilla se despidió de sus padres el infante don Carlos para marchar a Nápoles. (Pido perdón al culto lector por esta pequeña divagación histórica, aclaración de las circustancias que dieron lugar al acontecimiento objeto de este relato).

Seguían preocupados la reina Isabel de Farnesio y Patiño por procurar distracciones al rey que lo sacaran de su abatimiento y tristeza, indagando acerca de un lugar fresco y agradable que, al par, contara con abundante caza, donde pasar el verano de 1730. Personas de autoridad aconsejaron a la reina que ninguna podría compararse con la villa de Cazalla de la Sierra, distante doce leguas de Sevilla, capital de una comarca a la que daba su nombre, célebre por sus ricos caldos, de agradable y fresco clima en el estío, de bellísimo parajes, en cuyos montes había variada y abundante caza, en la que encontraría el rey placer en uno de sus recreos favoritos, para contribuir a mejo- rarlo de su mal de tristeza, y los príncipes y caballeros de la Corte amplio campo para mostrar sus destrezas de cazadores, amén de que siendo Cazalla de la Sierra villa hidalga y de abolengo, residían en el lugar un buen número de familias notables, con casas muy principales, donde podrían alojarse, con toda dignidad y decoro, SS.MM., así como las personas de su séquito.

Decidido el lugar de veraneo, sobre el 10 de junio de 1730 se inició el viaje, a fin de que el mismo se hiciera con toda tranquilidad y sosiego. Acompañaba a los reyes los príncipes de Asturia, don Fernando y la princesa doña Bárbara, su mujer; los infantes don Carlos, don Felipe y don Luis; las infantas doña María Teresa y doña María Fernanda, con toda su familia; de personajes principales de la Corte, entre otros, el señor cardenal y patriarca Borja, don Luis Ipolo Espada, gran duque de San Blas, príncipe de San Antonio, del Consejo de S. M. en el de Indias; don Alonso Manrique, duque del Arco, caballerizo mayor de S.M.; Grandes de España, caballeros y damas de la Corte, y la servidumbre, que ocupando carrozas, sillas de mano, coches y caballerías, componían un lucido cortejo.

Ya apenas entrados en la comarca observó la reina cómo se aliviaba la tristeza del rey, contemplando los bellos parajes que a uno y otro lado del camino podían observarse; de trecho en trecho podían verse los extensos pagos de viñas y acá y allá se entreveían, reverberantes de cal, los lagares. Admiraba la reina, a través de los setos del camino, la sinfonía en verde del paisaje, bien dulce, en los valles por los que se extendían los viñedos, o bronco, en los montes poblados de frondosos alcornoques y encinas, desde los que llegaba al cortejo el aroma bravío de la jara, el romero y el tomillo.

El día 13 de junio de 1730, a primera noche, entraron en la villa de Cazalla de la Sierra los reyes y la Corte. Los vecinos recibieron con gran alborozo y contento la visita de SS. MM. , cuya estancia se prolongaría por una temporada, según habían recibido aviso el alcalde mayor y los regidores, que, diligentes en el servicio de sus reyes, tenían dispuesto el alojamiento para las personas reales y las de su séquito.

Los reyes se aposentaron en la casa de don Pedro Forero de Guzmán, frente a la Fuente del Concejo; el príncipe de Asturias, después Fernando VI, y su esposa doña Bárbara de Braganza, en la casa de don Tomás de Guzmán, calle de Juderías; el infante don Carlos (luego Carlos III), en la casa de doña Felipa Forero, calle de Mesones; el infante don Felipe, en la casa de don Álvaro Valero, frente a la Caridad; el infante don Luis, en la casa de don Carlos de Vera, en la calleja de Don Juan de Segura; la infanta doña María Teresa, en la casa de don Pedro Forero, en la calle que va de Plaza a San Agustín; la infanta María Fernanda, en la casa de las Ánimas, calle de Parras; el señor cardenal y patriarca Borja, en la de don Martín F. Miguel Tirado, calle de Parras. Previamente se desocuparon las casas por sus dueños, quienes se alojaron en otras viviendas mientras los reyes pennanecieron en la villa. Los personajes que componían el séquito, en las demás casas principales, si bien, como dice la crónica que consultamos, «quedándose sus dueños en ellas, aunque con gran incomodidad».

La estancia de Felipe V e Isabel de Farnesio y la Corte en Cazalla de la Sierra duró desde el 13 de junio, en que llegaron, hasta el 20 de agosto, en que partieron hacia Sevilla, y durante todos estos días salieron los reyes a cazar a diferentes parajes del término. Las damas de la Corte solían ir al atardecer al paseo del Moro, vega feracísima y de umbrosa arboleda, donde solían pasear.

Quien no perdió «puntada» de su estancia en Cazalla fue el príncipe de Asturias, al que se refiere la crónica con este sabroso párrafo.- «El príncipe y la princesa vinieron todas las tardes a la iglesia, hacían oración al Santísimo y después salían al corral de la iglesia, en donde tenía el príncipe sus escopetas y se entretenía en matar aviones. Y la princesa, sentada en su silla y estrado, haciendo cordón y borlitas de seda. Puesto el sol, el príncipe montaba a caballo y salía a la heredad de Francisco Tello y otras inmediatas, a tirar codornices, y la princesa se bajaba en el coche a la fuente del Moro y allí se apeaba y paseaba toda la vega».

Durante la permanencia de la Corte en la villa dieron a luz algunas de las damas de la comitiva regia, registrándose en el libro veintidos, de nacimientos o bautismos, las tres actas siguientes: Primera.-Doña Felipa Isabel María Antonia, hija de don Juan Francisco, conde de Pogorane, mayordomo de semana de S.M., y de doña Teresa Picatore, condesa de Cogorón, dama de honor de S.M. Fue apadrinada en nombre de los reyes por el duque del Arco, caballerizo mayor de S.M., y doña Isabel Alejandrina de Crois, dama de la reina. Nació el 1 1 de julio de 1730.

Segunda.-El día 21 del mismo mes y año nació y se bautizó María Antonia de la Concepción, hija legítima del Excmo. Sr. don Luis Ipolo Espada, gran duque de San Blas, y de la Excma. Sra. Doña Isabel Pircatón, dama de honor de la reina. Fue apadrinada por el pobre Francisco Marinero, cumpliendo pronesa hecha por la madre.

Tercera.-Antonia María Margarita, hija de don Cristino Luis Bernard, conde de Montalet, marqués de Sevilla, natural de París, y de doña Cecilia Botejón, natural de Nápoles. Fue su padrino fray Miguel del Nacimiento, de la orden de San Basilio. Nació y se bautizó el día 21 de Julio de 1730.

La estancia de los reyes y su Corte en la villa de Cazalla fue muy grata. Felipe V se mejoró tanto de su melancolía, y la reina Isabel de Farnesio y la real familia se mostraron tan complacidos de la belleza de sus parajes y la benignidad de su clima, que manifestaron su deseo de declararla Real Sitio, si bien si ello se llevó a cabo por medio de alguna real orden, pertenece a la incógnita de la historia.

Todavía se pueden admirar en Cazalla antiguas casonas de bellas y nobles fachadas del XVI y XVII y algunos con medallones, hoy encalados, que conservan todo el sabor de la época en la que Cazalla fue residencia de la Corte española.

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